Notas a Debates Críticos en América Latina 3
Patricia Espinosa H.
Instituto de Estética PUC
Toda revista siempre ha soportado una condición precarizada frente al libro, precariedad ciertamente del soporte —un libro cuyo papel y encuadernación se parecen a una revista pertenecerá a la escala inferior de los libros— pero por sobre todo su precariedad está signada por el tiempo: la revista estaría pegada al presente, mientras que el libro tendría una vocación de durabilidad, de eternidad. Amarrada, sujeta y quizás determinada por la contingencia, la revista extrae de esta misma precariedad su valor, signado de alguna manera por la necesidad que surge de pasar revista, de revisar o revisitar. Necesidad más que urgente con el comienzo del proceso de reinstalación democrática ocurrido el 11 de marzo de 1990; pero también, comienzo (¿o continuación?) de la zozobra en que fueron deslizándose el pensamiento crítico y la izquierda. La feroz estrategia de convocatoria a las masas para incluirse en la orgía del consumo, mientras no dejaba de repetirse la cantinela del surgimiento de un nuevo orden mundial globalizado que había dejado atrás un pasado ideologizado, la caída del muro como símbolo del fin la de las ideologías, las dinámicas de desmemorización y ocultamiento, el reordenamiento político, social y cultural promovido desde las elites para asegurar que las fichas puestas en el tablero del poder ya no volvieran a desordenarse, marcaron a la década del noventa; la cual concluye, con el horrendo ritual de la claudicación absoluta de la democracia frente al poder dictatorial: el retorno del dictador al país. Frente a todo esto la REVISTA DE CRÍTICA CULTURAL marcó un pulso de resistencia crítica, permitiendo la emergencia de vectores anómalos en el supuestamente plano y ordenado mapa nacional.
Resistencia cultural, resistencia crítica, resistencia ideológica, frente a la aparentemente amable dictadura del mercado globalizado, pero también intento de construcción o de reconstrucción del propio pensamiento crítico, amenazado por la embestida ideológica del conservadurismo que expulsa a la crítica de la ciudad bajo pretexto de anacronismo: la crítica pertenece a ese mundo antiguo que ya hemos superado, que funcionaba bajo la lógica del conflicto y no bajo la lógica de los acuerdos. La crítica, el intelectual, debía ser arrinconado para permitir los cambios de signos, institucionales, identitarios, personales, para que no hubiera testigo de la claudicación frente al mercado, frente a las supuestamente inexorables lógicas que presupone el ser gobierno. De ahí, la puesta en marcha de ese irrisorio constructo intelectual y por sobre todo de esa cambiante práctica llamada progresismo (en la acepción liberal burguesa que ha ido tomando en los últimos años en Chile) donde encontraron refugio amplios sectores de una izquierda ahora institucionalizada, y desde la cual podían asegurar el doble estándar de una visión de izquierda y un pragmatismo útil al diseño de poder.
Ahora bien, también es cierto que los propios procesos atravesados por el pensamiento crítico han permitido el ahondamiento de una brecha existente entre las prácticas de una izquierda intelectualizada y las prácticas de los referentes organizacionales. Una suerte de desacomodo, de distancia palpable casi, entre la acumulación de saber, de discursividades de resistencia, de prácticas textuales, que contrastan fuertemente con las resistencias llevadas a cabo por personas y grupos que no encuentran su lugar en la izquierda académica. Cómo ha acumulado la izquierda académica, cuánto saber sobre la crisis, las crisis, el por qué de la actual situación, cómo pareciera que después de tanto conocimiento solo pudiéramos recalar en el viejo voluntarismo como remedio a la desesperación.
De ahí que pueda interpretarse el fin de la REVISTA DE CRÍTICA CULTURAL, su término como publicación periódica, no en tanto su resonancia ya inevitable, a la luz de lo que Beatriz Sarlo se preguntaba en el Nº1 de la Revista: “¿somos intelectuales, con lo que ello presupone de tensión moral y política, o practicantes de disciplinas descriptivas y sectoriales?”. Todo parece indicar que esta pregunta formulada en 1990 se ha ido resolviendo por la vía de la afirmación de la segunda de las opciones formuladas, a saber: la de practicantes de disciplinas descriptivas y sectoriales, es decir, funcionarios dentro del diseño tecnócrata de los saberes. Destino difícilmente escamoteable para todos los intelectuales asalariados, dependientes de una institución y cuya pertenencia está determinada hoy, principalmente, por el cumplimiento de metas objetivas y objetivables. La aplicación de un férreo control a las prácticas intelectuales al interior de las instituciones académicas, corre hoy por cuenta de una creciente burocratización y una investigación tendiente siempre hacia una especialización cada vez más estricta. El rediseño neoliberal de la actividad universitaria en su conjunto, que propicia una profesionalización desasida de cualquier problemática que no incumba directamente al área de trabajo específica, soslaya el debate ideológico directo por medio de una tolerancia simulacral, que tiene en la hiperinflación discursiva el modo para invalidar o clausurar tanto al arte como a los discurso críticos y, lo que es definitivamente mucho más grave, el arte en tanto discurso crítico.
Es así como algunos de los presupuestos contestatarios que dieron el impulso inicial a la REVISTA DE CRÍTICA CULTURAL — por ejemplo, la necesidad de enfoques multidisciplinarios para la aprehensión de problemáticas estéticas y culturales— se encuentran hoy asumidos por una buena parte del mundo académico, claro que al modo de una retórica seudo culturalista, más anclada en lo políticamente correcto que en la necesidad del desmontaje de las verdades oficiales. Retóricas que no van más allá de una necesidad de adecuación al presente; en definitiva, imperio de una jerga vaciada, con sus nombres, referencias, construcciones sintácticas, entrecruces, series interminables de tics progresistas, multiculturales, deconstructivos, poscoloniales. Una discursividad multidisciplinaria de carácter omnicomprensivo de tal nivel que su única viabilidad parece ser el cinismo. Es decir, la hiperinformación traerá consigo una multifocalidad que impedirá cualquier toma de postura, dado que es, precisamente, el tomar una postura lo que estaría vedado so pena de parecer trágico/a, figura que ha sido reemplazada por la del cínico/a, es decir, por aquel sujeto experto en la construcción de una omnicomprensión temerosa y a la vez despreciativa del mundo.
Lo que debe quedar fuera, lo que debe ser expulsado es lo real, es allí donde deben aplicarse con intensidad los filtros, porque lo real es lo siniestro que debo reprimir. Como anillo al dedo viene la retórica a encubrir la falta de deseo de intervenir en lo real, la impotencia frente a lo real, el espacio de la acción es ocupado por la jerga académica de corte humanista, sociológica, política o estética.
Pero, al parecer, la discursividad académica ya no está en condiciones de devolver nada al cuerpo social. La academia de las humanidades, reducida a una jerga autocrática, no puede ofrecer ya, utilizando un concepto de Zízék, legibilidad respecto de lo real, es decir: “el significado que permita a los individuos plasmar en un discurso coherente sus propias experiencias de vida”
[1]. Más aun, pareciera como si toda la discursividad crítica oposicional al discurso hegemónico, es decir, la izquierda en su conjunto, no hubiera podido superar jamás la traumática experiencia de la necesidad de rearticular una identidad, intención autocomprensiva más de resistencia, de sobrevivencia, que de creación de discursividades que permitieran realizar una verdadera propuesta de legibilidad respecto de lo real. Es en ese terreno en el cual el aparataje hegemónico comunicacional parece resultar vencedor para la mirada desprolija del melancólico, que resulta aplastado por la majadera reiteración de lo mismo bajo la apariencia de lo múltiple, del delirio de la diversidad simulacral, del igualitarismo mediático.
En este proceso surgirá inevitablemente, el espejeo entre el devenir de las vanguardias; me refiero a su fatal asimilación por parte de la institucionalidad, con el destino del gesto disruptor que marca el empuje inicial de la revista de crítica cultural. Cuando Nelly Richard señala que el deseo de revista dejó de hacerse sentir como explicación al cierre del ciclo, debemos preguntarnos precisamente por el reencuadre cultural que permite tal fenómeno y si la crítica entendida en sí misma como acontecimiento, como política, no debiera retomar su capacidad de ser esa suspensión momentánea de la hegemonía, suspensión que dio validez a la praxis de la revista crítica cultural. Dentro de esto, resultará evidente el éxito disciplinario de la Revista, en tanto la consolidación de un espacio crítico de radical importancia para la reflexión nacional; me refiero a la apertura de un espacio crítico denominado crítica cultural. Espacio promotor de esos entrecruces que tanto incomodan a los sistemas de control y que puede ser pensado desde la óptica que Rancière denomina proceso de subjetivación; es decir, el doble movimiento según el cuál se afirma una identidad, pero también se niega la identidad asignada. En este caso, el de la esquematización disciplinaria que inevitablemente debía dejar fuera de su ámbito de competencia la multiplicidad significacional de fenómenos como la represión, la tortura, la memoria, la rearticulación de la hegemonía, etc. Es decir, la identidad de un pensamiento crítico que, necesariamente, debía discurrir por caminos más cercanos a la creación o experimentación para poder asumir el desafío de hacer aparecer su propia viabilidad después del golpe militar y en medio del golpe neoliberal.
En el fin de la primera década del nuevo siglo, numerosos fenómenos artísticos, culturales y políticos hablan de la existencia de nuevos espacios de ejercicio de la crítica, la resistencia y las propuestas antihegemónicas; en una buena parte de ellos, alejados de las discursividades críticas tanto tradicionales como de avanzada. Luchas fragmentadas con un alto componente disruptivo, ubicables en los territorios de la poesía joven, las editoriales independientes, las radios comunales, los canales de televisión barriales, el movimiento de insurgencia mapuche, la acción directa de grupos anarquistas, las prácticas sexuales antinormativas, que ponen en tensión y dan opacidad al reluciente simulacro de progreso vehiculado por el actual sistema de dominio. A pesar del enorme trabajo del poder por readecuar y ampliar sus límites, desde los márgenes, geográficos, étnicos, institucionales, sociales, etc., sigue ocurriendo la operación de desacato. Operación que se ha tratado de obliterar por medio de la introducción de una enorme campaña de desmovilización llamada políticas culturales, cuyo principal soporte es el clientismo, verdadero eje cultural de la Concertación. Con todo, dar legibilidad, es decir, encontrar legitimación o un lugar en la formación de un relato integrador que permita el autoreconocimiento tanto del sujeto como de la comunidad, sigue siendo un desafío para la crítica cultural.
En Debates Críticos en América Latina 3, Benjamín Arditi, expone una interesante, aunque en cierto sentido triste, salida respecto de la posibilidad actual de levantar una utopía. Según su reflexión, para Walter Benjamin: “el develamiento aplica los frenos de emergencia del tren de la historia con la esperanza de que las cosas no empeoren o, para decirlo de manera más dramática, con la esperanza de interrumpir nuestro viaje al abismo […] en vez de insistir sobre cómo las cosas serán distintas (y mejores), nos dice que lo peor no es inevitable, siempre y cuando estemos dispuestos a hacer algo”
[2]. Con todas sus falencias, con esa inquietante sensación que tuve a comienzos de los noventa cuando pensaba que no eran más que un grupo de burgueses ejerciendo la crítica desde cómodos salones, con el claro resentimiento de no haber sido nunca invitada a escribir ahí, creo que la REVISTA DE CRÍTICA CULTURAL se levantó para poner un freno decidido y radical a nuestro viaje al abismo.
(Presentación del volumen: Sala América, Biblioteca Nacional, Santiago, 20 de Noviembre, 2009.)